Por: Orbito Rosado Ramírez, MA
Cada fin de año, las festividades de
Navidad y Año Nuevo convocan a millones de personas en todo el mundo,
configurándose como hitos culturales que marcan el paso del tiempo. Detrás de
su simbolismo popular y sus prácticas cotidianas, se entrelazan relaciones
profundas con los movimientos planetarios, las particularidades geográficas y
las interpretaciones astrológicas -dimensiones que requieren un análisis
reflexivo y basado en marcos académicos para comprender su complejidad.
Los
movimientos de la Tierra: el marco geofísico natural
La inclinación del eje terrestre
(aproximadamente 23,5 grados) y su órbita elíptica alrededor del Sol generan
solsticios y equinoccios: eventos astronómicos que han servido de referencia a
civilizaciones antiguas y modernas para organizar su vida social, agrícola y
ritual.
En el hemisferio norte, el solsticio de
invierno (21 o 22 de diciembre) representa el punto de mínima irradiación
solar, con el día más corto y la noche más larga —un momento de inflexión en el
que la luz empieza a recuperar su presencia. En el hemisferio sur, este mismo
día corresponde al solsticio de verano, y culturas ancestrales como los
mapuches o los andinos (Inti Raymi) lo han celebrado durante siglos como inicio
de su año, asociándolo al renacimiento solar y la regeneración de los recursos
naturales.
Esta condición geográfica determina la
experiencia sensible de las festividades: mientras en Europa o América del
Norte la Navidad se vive en contexto invernal, en países como Australia o
Sudáfrica se desarrolla en época de verano, con actividades al aire libre y
vínculos a la fertilidad del suelo en ese ciclo. Esta diversidad evidencia que
la relación con los movimientos planetarios es un hecho geofísico real, pero su
significado cultural es producto de procesos históricos y simbólicos.
La
astrología: símbolos y tradiciones — entre creencia y observación
Desde la perspectiva astrológica, las
festividades de fin de año adquieren un peso simbólico ligado al ciclo
zodiacal. El solsticio de invierno del norte se asocia al "sol
invicto" (Dies Natalis Solis Invicti), festividad romana que la iglesia
cristiana absorbió en el siglo IV para marcar el nacimiento de Jesús,
asignándole un sentido de renacimiento y victoria sobre la oscuridad.
Por su parte, el año nuevo astrológico no
coincide con el 1 de enero (marco calendárico gregoriano), sino con el
equinoccio de primavera (20 o 21 de marzo), momento en que el Sol entra en el
signo de Aries y se considera el inicio de un nuevo ciclo celeste.
La "estrella de Belén" es otro
elemento que une observación celeste y tradición: aunque no hay evidencia
histórica concluyente sobre su naturaleza, se han propuesto hipótesis
astronómicas como la alineación de Jupiter y Saturno (12 a.C.) o la pasada de
un cometa, convirtiéndola en un nexo entre la percepción del universo y la
construcción de narrativas creyentes. Sin embargo, es en este punto donde el
análisis académico introduce una mirada crítica fundamental: la astrología no
cuenta con base empírica sólida, ya que no se ha demostrado la existencia de un
mecanismo físico plausible que explique cómo las posiciones planetarias podrían
influir en los seres humanos o los eventos terrestres, contradiciendo
principios básicos de la física y la biología.
Además, estudios controlados como el
liderado por el físico Shawn Carlson han
concluido que la astrología natal no obtiene mejores resultados que el azar.
Otro aspecto que socava la coherencia de los sistemas astrológicos modernos es
la precesión de la Tierra: un tercer movimiento cíclico del eje planetario que
dura aproximadamente 26.000 años y ha desalineado las fechas de los signos del
zodíaco con las constelaciones reales. Este movimiento de la tierra fue
descubierto por Hiparco de Nicea, (siglo II a. c.).
Aunque investigaciones recientes como la de
Mario Codebò (2014) muestran que civilizaciones antiguas como la mesopotámica y la hebrea ya tenían
conocimiento de este fenómeno, lo que sugiere que el marco astrológico actual
es un constructo históricamente variable, más que una realidad universal.
Reflexión crítica: entre naturaleza, ciencia y
poder
Aunque los movimientos de la Tierra
constituyen un hecho demostrado por la física y la astronomía, la astrología es
considerada pseudocientífica por la comunidad científica internacional, debido
a su falta de validez empírica y de poder predictivo. El astrofísico Neil de Grasse Tyson ha destacado que la
creencia en la astrología puede ser una señal de baja educación científica, ya
que impide discernir entre las leyes de la naturaleza y las construcciones
humanas.
Otro aspecto crítico es la imposición de
las fechas occidentales de Navidad y Año Nuevo durante el período colonial.
En América Latina, por ejemplo, el
fraile Pedro de Gante, organizó
la primera celebración de Navidad en la Nueva España en 1523, como parte de la conquista
espiritual que buscaba sustituir las festividades indígenas ligadas a
solsticios y equinoccios. Este proceso generó una homogenización cultural que
ha oscurecido la riqueza de las relaciones locales con el ciclo cósmico, aunque
en algunos casos se produjo un sincretismo entre tradiciones europeas e
indígenas.
Además, las festividades actuales se han
convertido en un constructo social y capitalista: los medios de comunicación y
las empresas promueven el consumo excesivo, transformando la época en un
"boom económico" que a menudo desvía la atención del sentido de
reunión, reflexión y solidaridad que caracterizaba a sus antecedentes rituales.
Estudios antropológicos como el de Daniel Miller (2017) han destacado que la
Navidad global se ha convertido en un fenómeno marcado por el materialismo,
creando presiones sociales que pueden generar estrés emocional en quienes no
comparten las creencias dominantes o atraviesan situaciones difíciles.
Conclusión
Navidad y Año Nuevo constituyen un
fenómeno multifacético que refleja la relación entre el ser humano y el
universo. Los movimientos de la Tierra proporcionan un marco geofísico natural
que ha inspirado tradiciones durante milenios, pero la forma en que las
celebramos es el resultado de dinámicas históricas, políticas y económicas.
En pocas palabras se puede decir que las
festividades de Navidad y Año Nuevo están directamente ligadas a los movimientos de la tierra y con mayor
especificidad al movimiento de
traslación, el cual tiene una duración de 365 días aproximadamente, y es precisamente rayando las 12:00 m. del 31
de diciembre de cada año cuando termina una vuelta completa alrededor del sol e
inicia la nueva vuelta, dando lugar a lo que tradicionalmente se celebra en
occidente como Año Nuevo o primer día del Nuevo Año.
El análisis reflexivo y académico no busca
desmerecer el valor emocional o simbólico de estas fechas, sino reconocer su
complejidad y cuestionar las imposiciones que a veces las acompañan. En última
instancia, lo que une a las culturas del mundo es la necesidad de marcar el
paso del tiempo, celebrar el renacimiento y proyectar esperanzas hacia el
futuro —independientemente de cuándo o cómo lo hagan.
El
autor es: Maestro de básica, secundaria y Magister en Archivística.
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