viernes, 9 de enero de 2026

Navidad y Año Nuevo: Entre el ciclo cósmico y las construcciones humanas — una reflexión crítica

 Por: Orbito Rosado Ramírez, MA

Cada fin de año, las festividades de Navidad y Año Nuevo convocan a millones de personas en todo el mundo, configurándose como hitos culturales que marcan el paso del tiempo. Detrás de su simbolismo popular y sus prácticas cotidianas, se entrelazan relaciones profundas con los movimientos planetarios, las particularidades geográficas y las interpretaciones astrológicas -dimensiones que requieren un análisis reflexivo y basado en marcos académicos para comprender su complejidad.

Los movimientos de la Tierra: el marco geofísico natural

La inclinación del eje terrestre (aproximadamente 23,5 grados) y su órbita elíptica alrededor del Sol generan solsticios y equinoccios: eventos astronómicos que han servido de referencia a civilizaciones antiguas y modernas para organizar su vida social, agrícola y ritual.

En el hemisferio norte, el solsticio de invierno (21 o 22 de diciembre) representa el punto de mínima irradiación solar, con el día más corto y la noche más larga —un momento de inflexión en el que la luz empieza a recuperar su presencia. En el hemisferio sur, este mismo día corresponde al solsticio de verano, y culturas ancestrales como los mapuches o los andinos (Inti Raymi) lo han celebrado durante siglos como inicio de su año, asociándolo al renacimiento solar y la regeneración de los recursos naturales.

Esta condición geográfica determina la experiencia sensible de las festividades: mientras en Europa o América del Norte la Navidad se vive en contexto invernal, en países como Australia o Sudáfrica se desarrolla en época de verano, con actividades al aire libre y vínculos a la fertilidad del suelo en ese ciclo. Esta diversidad evidencia que la relación con los movimientos planetarios es un hecho geofísico real, pero su significado cultural es producto de procesos históricos y simbólicos.

La astrología: símbolos y tradiciones — entre creencia y observación

Desde la perspectiva astrológica, las festividades de fin de año adquieren un peso simbólico ligado al ciclo zodiacal. El solsticio de invierno del norte se asocia al "sol invicto" (Dies Natalis Solis Invicti), festividad romana que la iglesia cristiana absorbió en el siglo IV para marcar el nacimiento de Jesús, asignándole un sentido de renacimiento y victoria sobre la oscuridad.

Por su parte, el año nuevo astrológico no coincide con el 1 de enero (marco calendárico gregoriano), sino con el equinoccio de primavera (20 o 21 de marzo), momento en que el Sol entra en el signo de Aries y se considera el inicio de un nuevo ciclo celeste.

La "estrella de Belén" es otro elemento que une observación celeste y tradición: aunque no hay evidencia histórica concluyente sobre su naturaleza, se han propuesto hipótesis astronómicas como la alineación de Jupiter y Saturno (12 a.C.) o la pasada de un cometa, convirtiéndola en un nexo entre la percepción del universo y la construcción de narrativas creyentes. Sin embargo, es en este punto donde el análisis académico introduce una mirada crítica fundamental: la astrología no cuenta con base empírica sólida, ya que no se ha demostrado la existencia de un mecanismo físico plausible que explique cómo las posiciones planetarias podrían influir en los seres humanos o los eventos terrestres, contradiciendo principios básicos de la física y la biología.

Además, estudios controlados como el liderado por el físico Shawn Carlson han concluido que la astrología natal no obtiene mejores resultados que el azar. Otro aspecto que socava la coherencia de los sistemas astrológicos modernos es la precesión de la Tierra: un tercer movimiento cíclico del eje planetario que dura aproximadamente 26.000 años y ha desalineado las fechas de los signos del zodíaco con las constelaciones reales. Este movimiento de la tierra fue descubierto por Hiparco de Nicea, (siglo II a. c.).

 Aunque investigaciones recientes como la de Mario Codebò (2014) muestran que civilizaciones antiguas como la mesopotámica y la hebrea ya tenían conocimiento de este fenómeno, lo que sugiere que el marco astrológico actual es un constructo históricamente variable, más que una realidad universal.

Reflexión crítica: entre naturaleza, ciencia y poder

Aunque los movimientos de la Tierra constituyen un hecho demostrado por la física y la astronomía, la astrología es considerada pseudocientífica por la comunidad científica internacional, debido a su falta de validez empírica y de poder predictivo. El astrofísico Neil de Grasse Tyson ha destacado que la creencia en la astrología puede ser una señal de baja educación científica, ya que impide discernir entre las leyes de la naturaleza y las construcciones humanas.

Otro aspecto crítico es la imposición de las fechas occidentales de Navidad y Año Nuevo durante el período colonial. En América Latina, por ejemplo, el fraile Pedro de Gante, organizó la primera celebración de Navidad en la Nueva España en 1523, como parte de la conquista espiritual que buscaba sustituir las festividades indígenas ligadas a solsticios y equinoccios. Este proceso generó una homogenización cultural que ha oscurecido la riqueza de las relaciones locales con el ciclo cósmico, aunque en algunos casos se produjo un sincretismo entre tradiciones europeas e indígenas.

Además, las festividades actuales se han convertido en un constructo social y capitalista: los medios de comunicación y las empresas promueven el consumo excesivo, transformando la época en un "boom económico" que a menudo desvía la atención del sentido de reunión, reflexión y solidaridad que caracterizaba a sus antecedentes rituales.

 Estudios antropológicos como el de Daniel Miller (2017) han destacado que la Navidad global se ha convertido en un fenómeno marcado por el materialismo, creando presiones sociales que pueden generar estrés emocional en quienes no comparten las creencias dominantes o atraviesan situaciones difíciles.

Conclusión

Navidad y Año Nuevo constituyen un fenómeno multifacético que refleja la relación entre el ser humano y el universo. Los movimientos de la Tierra proporcionan un marco geofísico natural que ha inspirado tradiciones durante milenios, pero la forma en que las celebramos es el resultado de dinámicas históricas, políticas y económicas.

En pocas palabras se puede decir que las festividades de Navidad y Año Nuevo están directamente ligadas a los  movimientos de la tierra y con mayor especificidad al movimiento  de traslación, el cual tiene una duración de 365 días aproximadamente,  y es precisamente rayando las 12:00 m. del 31 de diciembre de cada año cuando termina una vuelta completa alrededor del sol e inicia la nueva vuelta, dando lugar a lo que tradicionalmente se celebra en occidente como Año Nuevo o primer día del Nuevo Año.

El análisis reflexivo y académico no busca desmerecer el valor emocional o simbólico de estas fechas, sino reconocer su complejidad y cuestionar las imposiciones que a veces las acompañan. En última instancia, lo que une a las culturas del mundo es la necesidad de marcar el paso del tiempo, celebrar el renacimiento y proyectar esperanzas hacia el futuro —independientemente de cuándo o cómo lo hagan.

El autor es: Maestro de básica, secundaria y Magister en Archivística. 

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